El costo invisible de la filantropía improvisada
Hace 4 semanas
En Chile, nunca se había hablado tanto de filantropía, pero nunca habíamos visto tantos problemas derivados de estructuras improvisadas. Y esas dificultades no surgen por falta de recursos ni de voluntad, sino de algo más simple: falta de diseño.
Hace unos meses conocí a una familia que heredó una fundación creada por su padre. Su intención había sido profundamente genuina. Quería retribuir el éxito que había tenido, aportar a la sociedad y, sobre todo, abrir un espacio donde sus hijos pudieran involucrarse en algo con sentido. Pero la estructura quedó armada de manera rápida, sin una hoja de ruta clara ni un modelo que asegurara continuidad. Cuando falleció, la fundación quedó ahí: activa, con obligaciones, con patrimonio y con cinco herederos que no tenían claridad cómo darle continuidad. Lo que nació como un gesto generoso terminó transformándose en un dolor de cabeza legal, emocional y operativo.
Esta historia —repetida en versiones distintas en muchas familias empresarias en Chile— refleja un fenómeno que se observa con frecuencia: la filantropía mal diseñada puede convertirse en una carga emocional, administrativa y financiera, incluso cuando nace desde el lugar más noble.
Dónde se originan los problemas
En la práctica, los desafíos suelen aparecer en tres dimensiones:
1. Propósitos que inspiran, pero que no logran instalar un rumbo común. A veces existe una idea general de “querer aportar”, pero no una definición concreta del foco, del alcance ni de la forma de medir el impacto. Eso deja espacio para interpretaciones distintas dentro de la familia o del directorio, lo que termina dificultando avanzar con claridad.
2. Gobernanzas débiles que generan fricción como consejos directivos sin roles claros, sin mecanismos de sucesión o sin independencia pueden ralentizar decisiones, generar tensiones familiares o diluir el propósito original.
3. Modelos de financiamiento y políticas de inversión inexistentes. Una parte importante de las fundaciones opera “a flujo”, sin planes de largo plazo, sin reservas o endowments, y sin políticas de inversión que conecten patrimonio y misión. Esto las vuelve vulnerables a ciclos económicos, limita su capacidad de ejecución y, muchas veces, mantiene portafolios poco eficientes —con exceso en renta fija o inversiones no alineadas al horizonte del proyecto.
La consecuencia que nadie anticipa
La filantropía no fracasa por falta de generosidad: fracasa por falta de diseño. Y ese vacío tiene costos invisibles:
· Tiempo perdido en resolver problemas operativos en vez de enfocarse en el impacto.
· Fricción entre hermanos o miembros del directorio.
· Riesgos tributarios o legales evitables.
· Proyectos sin continuidad.
· Patrimonio mal invertido, con menor capacidad de sostener el propósito en el tiempo.
Hacer filantropía sin diseño es, en esencia, como invertir sin estrategia: se diluye el resultado, se amplifica el riesgo y se desperdicia el potencial transformador.
Buenas prácticas que están marcando la diferencia
Lo positivo es que el ecosistema chileno está avanzando hacia prácticas más sólidas y sostenibles. Cada vez más familias y organizaciones están adoptando:
• Propósitos claros y operativos que guíen decisiones, definen prioridades y alinean a las nuevas generaciones.
• Gobernanzas con roles definidos, diversidad y sucesión. Estructuras que combinan miembros de la familia con expertos independientes, que aseguran continuidad y profesionalización.
• Políticas de inversión conectadas a la misión. Definiendo riesgos, horizontes y liquidez, de modo que el patrimonio financiero acompañe —en vez de condicionar— la visión de largo plazo.
• Mecanismos de financiamiento sostenibles como endowments, fondos de reserva, estructuras híbridas, modelos de socios por cuotas en corporaciones y alianzas estratégicas.
• Medición y rendición de cuentas. Lo que se mide se gestiona, y lo que se gestiona se multiplica.
La filantropía bien diseñada no solo evita problemas: libera creatividad, cohesiona a la familia y potencia el impacto que una buena idea puede tener en el país.
El desafío nunca ha sido decidir si hacer filantropía o no. Muchas familias aportan silenciosamente, de formas mucho más profundas de lo que aparece en lo público. El verdadero desafío está en cómo construir estructuras que permitan que ese impulso —a veces discreto, a veces íntimo— perdure y se traduzca en impacto sostenido en el tiempo. Planificar, gobernar e invertir con propósito no es burocracia: es lo que marca la diferencia entre un legado que se diluye y uno que se proyecta hacia futuras generaciones.